fuiste al principio del ocaso, un mudo que desnudo calla
con una luna que ni alumbrarme pudiera ver el rubor de mis mejillas claras,
y antes que despierten los fugitivos sueños
que hilvanamos húmedos, tristes y dormidos
dejo en vano sobre estos vasos y cenizas
la quietud del tiempo, que pasa lento y el amor en sus alas.
Pensar que al alba volviera, con los huesos fríos y con el silencio que desvela.
Con esa luz azul, de mis pupilas de yedra me detengo a mirarte,
y casi sin delatarme por el fulgor de mis pestañas
encunentro un pequeño rinconcito en el misterioso sueño que deliras.
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