sábado, 22 de octubre de 2011
una te, una noche, una palabra
Desgasta sus uñas y con espanto grita, se acobarda frente a los hombres.
Ocho bolsitas de té, bastan para pensar en sí misma y descorrer la levedad de tus mentiras explotadas.
Mientras cuece las verduras, los manojos de modestia llevan como una brújula sus siguientes pensamientos.
Mira a ese holgazán, boquiabierto y testarudo.
Desliza el paño sobre los muebles y mira la televisión, que mira a la gente ocupada, que mira otra gente que disfruta lo existente.
Rellena los frascos de farmacia con recelo y prejuicios de estos tiempos que viven y aceptan sin juez las ideas que nacen volátiles de este laboratorio social.
Con el estómago inservible y los labios palpitantes, revuelve el caldo que dará a sus enemigos en la misma mesa.
Sale al balcón, mira la ciudad, ve los espíritus que han envejecido tardíamente.
Y junto a ese paredón olvidado, frente a la única víctima de su propio veneno, y matando de a poco a fuego lento, hierve la última taza, de la última noche, donde dirá la última palabra.
y piensa ¿de qué sirve... si estas entrañas se aferran a los segundos y los segundos no son contigo? ¿de qué sirve... si estas análogas virtudes que decoro se quiebran con los santos y el pudor? ¿si lo que me queda de tus manos no son más que ropas de espacios remotos y que atraviesan un momento por esta estación? ¿de qué sirve, si paseo diariamente por el límite de tu ocaso?
Suelta una carcajada seguida de un suspiro, corta el silencio de una noche eterna y de mal gusto.
Eleva su cuerpo, descapulla las ideas y huye con el enjambre de horas que ha perdido el día, como prófuga de un crimen imperdonable que no ha cometido.
Corre con la inocencia a cuestas y nuevamente comienza la marcha contra la porquería que inunda su hogar.
Ella... con el último té, de esta última noche, sin decir la última palabra.
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